Pobre de los pobres de identidad
De ellos no será el reino de los cielos. Que no quepa duda de eso. Acontece como parte de la corriente migratoria. No la de las garzas, los gansos y demás viajeros emplumados que van y vienen desde las forestas del Canadá a Tierra del fuego. Es la de aquellos de dos piernas que patas no puede llamársele aunque las ganas no faltan.
Llegan de edad tierna y mente fácil de sugestionar. Aspiran a desaspirar sus raíces de arroz con habichuelas, estómagos forrados de tortillas, desayuno calentado en fogón y pobrezas tercermundistas. El guacamole les corre por las venas. Añoran pasar por desapercibido y ser abrazados como parte de la gran familia del coloso del norte. Mas familias hay donde hay quienes comen en el comedor de visitas y quienes comen en los potreros, con las vacas y las yeguas. No hay lentes de contactos de colores que valgan.
“Pena, penita, mi colorada” decía la canción de Atahualpa Yupanqui. Así me da mucha pena la latinoamericanidad a medio cocer y la gringosidad a medio asar.
Neguemos nuestras raíces y vamos al mall. Si sentimos vergüenza de nuestra herencia étnica es sólo cuestión de comprar un televisor de pantalla gigante y cargárselo a las tarjetas de crédito. No hay mala crisis que un buen reality show no pueda curar. ¡Qué manera de vivir un sueño mi señor!
Llegan de edad tierna y mente fácil de sugestionar. Aspiran a desaspirar sus raíces de arroz con habichuelas, estómagos forrados de tortillas, desayuno calentado en fogón y pobrezas tercermundistas. El guacamole les corre por las venas. Añoran pasar por desapercibido y ser abrazados como parte de la gran familia del coloso del norte. Mas familias hay donde hay quienes comen en el comedor de visitas y quienes comen en los potreros, con las vacas y las yeguas. No hay lentes de contactos de colores que valgan.
“Pena, penita, mi colorada” decía la canción de Atahualpa Yupanqui. Así me da mucha pena la latinoamericanidad a medio cocer y la gringosidad a medio asar.
Neguemos nuestras raíces y vamos al mall. Si sentimos vergüenza de nuestra herencia étnica es sólo cuestión de comprar un televisor de pantalla gigante y cargárselo a las tarjetas de crédito. No hay mala crisis que un buen reality show no pueda curar. ¡Qué manera de vivir un sueño mi señor!
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